Los antiguos griegos amaban atribuir un origen divino a muchos fenómenos naturales, en particular al nacimiento de árboles, plantas y flores. De esto también habla el elegante mito de Clizia.
Les proponemos una leyenda relacionada con una hermosa flor, el girasol, tan agraciada que los griegos decidieron que representara una deidad. Y detrás de cada individuo divino, en la época clásica, también hay una historia muy interesante. Esta leyenda, en particular, proviene del conocido libro IV de las Metamorfosis de Ovidio, poeta romano conocido por haber recopilado muchos otros mitos relacionados con este pueblo y civilización.

“El Sol, señor de la luz, nunca más quiso acercarse a Clizia y disfrutar con ella de placeres de amor. Desde entonces, abrumada por la locura de su pasión, la ninfa, incapaz de rendirse, se consume y noche y día yace bajo el cielo en la tierra desnuda con la cabeza descubierta y el cabello desordenado. Durante nueve días, sin tocar agua ni comida, interrumpe el ayuno solo con rocío y lágrimas; no se mueve de la tierra: no hacía más que fijar en su curso el rostro del dios, siguiéndolo con los ojos. Se dice que su cuerpo se adhería al suelo y que un pálido color transformaba parte de su piel en la exangüe de la hierba; otra parte es roja y una flor similar a la violeta le cubre el rostro. A pesar de que una raíz la retiene, siempre se vuelve hacia su Sol y aun así transformada le guarda amor”. – cit. Ovidio
El amor por Apolo
Clizia era una joven ninfa perdidamente enamorada de Apolo, el Dios Sol, que la sedujo por un breve período pero que luego rechazó su amor por una mortal llamada Leucotoe, hija del rey oriental Orcamo.
Apolo, para obtener el corazón de Leucotoe, se transformó en su madre. Entró en la habitación donde estaba tejiendo con las doncellas, logró quedarse solo con la joven y seducirla.

Preso por un loco celo, la ninfa decidió revelar al rey la unión de su hija con el dios del Sol. Orcamo, entonces, enfurecido por lo sucedido, hizo enterrar viva a Leucotoe. A pesar de los intentos de Apolo por resucitarla, el Destino se opuso y del sepulcro de la amada, nació una planta de incienso.
Perdido lo que consideraba su amor, Apolo no quiso ver más a Clizia, quien, por este motivo, comenzó a decaer, negándose a alimentarse y bebiendo solo el rocío y sus lágrimas.
La transformación de Clizia en Girasol
Clizia nunca se resignó: se sentaba día y noche en un campo a mirar a su amado que cruzaba el cielo desde el amanecer hasta el atardecer y con la cabeza siempre hacia el cielo seguía su recorrido sin nunca apartar la mirada.
Todo esto hasta que Apolo, compadecido, la transformó en una flor, capaz de cambiar de inclinación durante el día según el movimiento del Sol en el cielo: el girasol precisamente.

A continuación, otra conocida cita del escritor Ovidio con la que queremos terminar este artículo. El amor es un sentimiento profundo y aún incomprendido:
“Aunque retenida por la raíz, ella siempre se vuelve hacia su Sol, y aun así transformada le guarda amor”





